God Save the Queen

Al fin mi despertador cumple su función. Es el primer día que debo apagarlo. Señal de que me acostumbro a esto. Desayunamos juntos y nos acabamos la tarta de Ainoa para coger de nuevo la barca por los manglares hasta el campamento Sounka en isla Cachiouane, con la idea de ver a la reina. Tenemos tiempo libre hasta la hora de comer. Sigo a Mariajo y Maite hasta unos manglares alejados. Nos jugamos cárcel bañandonos en pelotas pero era irresistible. Cuando aparezco a lo lejos con la cara cubierta de barro y metiéndoles bronca a gritos con sonido afeicano sin darse cuenta que soy yo, no puedo parar de reir del susto que se pegan. Tras pelarnos un mango y pringarnos la cara, volvemos a reunirnos con todos en una terraza enfrente del mar. Mientras algunos se bañan en la orilla y otros escriben en tumbonas, la llegada a la mesa de unos troncos cubiertos de ostras y todo este enjambre de conchas afiladas como cuchillas, pasadas por el fuego vivo nos hacen reunirnos alrededor y saltar sobre ellas como hienas hambrientas. Armados únicamente con un abreostras arrancamos como podemos cientos de ellas del tronco quemado de un manglar y en una encarnizada lucha, no sin heridas de batalla, nos zampamos no sé cuantas, convirtiendo en poco rato lo que era una mesa en un verdadero ostracidio digno de cualquier película apocalíptica.

Seguidamente, aprovechando el asentamiento, acuden a la mesa dos camareros con un pescado a la brasa enorme que Didier se encarga de repartirnos. Estabamos ya de sobremesa cuando aparecen dos chavales del bar con un par de timbales y en nada, se lia la juerga para felicitar de nuevo a Ainoa su cumpleaños. La danza, aplausos y cantos durante largo rato dan paso a unos chupitos de ron Canna y / o anís francés Pastis para asentar la comida y los bailes. Nos espera la reina diola.

Nos acercamos a una casa no muy diferente que el resto que nos rodea y pedimos a unas mujeres que están fuera si podemos ver a la reina. Nos preparan sillas en el patio exterior, cubierto de arena como todo el resto del pueblo, tanto calles como patios. Ahí sale ella, enarbolando un abanico índigo redondo y un amuleto de un pequeño tronco con tres ramificaciones completamente cubierto de cuentas de vivos colores. Ella, cubierta con una túnica blanca y preciosas telas marrones con dibujos tribales, nos dirá después que son telas originarias de Mali y las porta como recuerdo a sus orígenes familiares. La reina diola, elegida por una especie de comité de sabios debido a sus sueños y visiones espirituales, es la guía espiritual de toda Casamance y ayuda en lo que puede a esos trances irracionales que en occidente acabarían con medicación o ingreso psiquiátrico. En occidente deberíamos repensar seriamente la relación con lo desconocido y acabar con ese cientificismo imperante que está acabando con tanta sabiduría ancestral. El daño es el mismo que cualquier otra religión haya podido hacer en la historia de la humanidad. Hemos de cuidarnos entre todos, sin importar raza, nacionalidad o edad porque solo así podemos conseguir paz. Y con estas palabras de la reina, marchamos de nuevo al barco que nos transportará al centro. Durante el recorrido, el ocaso me embriaga y me transporta a miles de kilómetros. Atardeceres prometidos desde lugares imposibles que dan pie a emociones infinitas. La nostalgia se apodera de mi: será el último paseo en barca en este último atardecer previo a la última cena de esta última noche juntos. Pero aquí uno no para de sorprenderse: Cuando estamos reunidos y al destapar la fuente plateada que preside el centro de la mesa, nos sorprende una cantidad enorme de cangrejos enormes. De esos mariscos que uno sólo suele ver en navidad y que parece que aquí le puedes pedir a algún pescador en cualquier momento y te los dará por la tarde en cualquier bolsa de plástico al uso. Me hizo pensar en el concepto de lujo y en lo vacío absoluto de su significado.

Es noche de Reggae Party y voy a fallarles a mis amigos que me regalaron aquella especie de especia olorosa que ya aprendimos a usar y de la cual ya no queda nada. Preferimos aprovechar la noche para leernos por última vez y descansar, porque mañana nos quedan por delante más de 24 horas de viaje hacia ese mundo supuestamente civilizado y rico del cual cada día que pasa aquí, tengo mayores dudas de entender. 

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