La fiesta de los Manaties.
Es la fiesta de los Manaties en Point Sant George. Llegamos en la furgo y no tardé en trepar al puesto de observación con Mariona. Si las maderas podridas que nos sostenían a más de dos metros de altura nos lo permitian, veríamos el lomo de alguna mítologica sirena. Pero no hubo suerte, la marea estaba subiendo y habíamos salido demasiado tarde. Cositas de Bea, como rajarse el pie y acabar en el hospital al amanecer. Nada serio, por suerte.
Tras un bañito en esas aguas no demasiado saladas, nos juntamos de nuevo para comer en primera linea de mar. Cuando la marea subió, era más bien sobre el mar, puesto que la terraza cubierta en dónde estábamos se vio totalmente cercada. Una mesa larga para nosotros. Gambas, pescado y en resto de mesas unas cuantas personas sin color demostraban que aquel lugar era bastante turístico. Definitivamente y con este ejemplo, a ver si se deja de decir ya eso de persona de color porque no tiene sentido.
En la sobremesa Gorka nos deleita con algunas lecturas del curso y poco más tarde estamos bajo una Ceiba enorme, de unos 10 pisos de altura y una anchura de 600 años. Qué puta pasada. Miramos anonadados esa escalera hacia el cielo infinita. Ahí estoy yo el primero, con el arnés puesto y Ñanca colocando el mosquetón con ganas ya de trepar. Y es que no sé de dónde me nace tal afición al riesgo, pero me lanzo de cabeza a todo lo que pueda hacerme pupita. Mano derecha arriba, pie izquierdo arriba. Mano izquierda arriba, pie derecho arriba. Repetición de este proceso unas decenas de veces para llegar a la plataforma superior en ese cachito de cielo de Casamance.
El río Casamance enfrente, detrás, el poderoso palmeral que nos rodea, arriba, el cielo un poco más cerca, abajo... los compis que quedan por subir, así que Andrés, salte ya del modo 'hostiaputaquepasada' y bajate ya, cansino.
Esperamos abajo. Casi todos han vencido al miedo y han disfrutado de las vistas a 25 metros de altura. No diré nombres, pero Mariajo y Lourdes son unas cagonas.
Volvemos al Centro. A la llegada a Diakene Wolof, salimos corriendo porque queremos ver la puesta de sol desde el río. Nada. No llegamos a tiempo, asi que me pongo con Mariajo en el gym a ahogar las penas. Unas series con esas pesas hechas de hierro y hormigón, unas sentadillas y un tonto dolor de hombro da paso a una merecida cerveza, una ducha, una riquisima sopita de ajo, guisantes con huevo escalfao, lectura en grupo, unas risas y a dormir.