Se acabó. Ahora empieza.
Arrebaño horas al dia dejando a todo tipo de alimañas y aves despertando por encima mio. La última mañana por Casamance quiero aprovecharla y empaparme de sus sonidos, de su brisa, de su luz. No quedan ni tres horas hasta que se de el pistoletazo de salida para la carrera de vuelta. La última aventura hasta volver a la realidad. Pienso y no me gusta el tópico de volver a la realidad. ¡Como si al desaparecer nosotros de este lugar lo hicieramos desaparecer! No es así. Porque Senegal, Casamance y todo lo vivido estos días seguirá aquí y es real también.
Desayunamos todos juntos y pesa la sensación casi de nostalgia ya. Nos miramos sonrientes pero con cierta tristeza. La aventura se acaba. Pero siento en mi ser un agradecimiento enorme por haber podido vivir esta experiencia. También de haberla compartido con este grupo. Se que aunque la aventura acabe, nos hemos unido para siempre. Y durante el desayuno ya se habla de cuándo y dónde volver a vernos. Me parece a mi que van a surgir cientos de excusas para juntarnos, donde sea.
Pasan las horas, y la familia (Seco, Ainhoa y Olivia) junto con Mariona, han de ir al aeropuerto de Cap Skirring porque vuelan a Dakar. Miradas complices dan paso a lágrimas despedida. En cuanto vuelva el 4x4, nos despediremos de Mariana y Bea y saldremos nosotros a disfrutar el trayecto de más de tres horas hasta la frontera con Gambia. Un plácido camino sentados frente a frente, con un calor bochornoso y una carretera llena de baches que nos hará avanzar despacio, esquivar cientos de obstáculos y zigzaguear entre los cochambrosos automóviles que milagrosamente consiguen arrancar.
En la frontera vivimos un dejavú, volviéndonos a revisar todas las maletas una a una y de nuevo la espera, nervios y presiones porque encuentran algunos medicamentos en diferentes maletas. Ya nos sabemos el truco: paciencia. El chico con cara de bueno entre barrotes sigue de atrezzo donde lo dejamos. Finalmente nos dejan avanzar, y los taxis de Omar, Ali y otro chico nos dejan en un hotel cerca del aeropuerto para pasar allí la tarde mientras hacemos tiempo para ir a coger el vuelo.
Hotel con piscina, cerveza y cerveza y piscina. Pasan las horas entre historias personales, baños y risas hasta que nos vienen a recoger sobre las 22.30h para llevarnos al fin hasta el Aeropuerto Internacional de Banjul. Pasamos el control de Pasaportes, el pago de las tasas y nos sentamos en la sala de espera. Y para que la espera sea más amena, leemos algunas historias como hemos hecho estos días aún sabiendo que será la última noche que desnudaremos nuestra alma ante estos nuevos y eternos amigos, en el sentido más estrictamente literario que nos ha unido.
Los sueños en los vuelos desde Banjul a Casablanca y de Casablanca a Madrid se vieron interrumpidos por los manjares ofrecidos por Air Marroc y por las tres horas de espera en Casablanca para la escala. Yo, pensando en las tres horas que tendría aún de vuelta en coche cuando llegara a Madrid, intenté convertirme en marmota en cualquier lugar donde pudiera ponerme en horizontal. Cualquier suelo era un placentero colchón donde dormitar y soñar con manglares y bailes.
Y finalmente llegamos a Madrid tras 28 horas en viaje. Las maletas giratorias a la espera de ser recogidas ponían punto y final a esta aventura llena de conocimiento, risas, pensamientos, historias y unas cuantas picaduras de mosquito de última hora que habían dejado a Gorka magullado de cintura para abajo. Aún así no perdía el buen humor. La lenta separación entre los que cogíamos coche, autobús o el metro, concluyó en un gran abrazo y un más grande hasta luego porque esta aventura, sólo acaba de empezar.
¡Jifañifan compañeros de aventura!