Allá vamos.

Pasaron minutos desde el primer encuentro con Gorka y Maite en el 703 de Air Marroc, hasta estar brindando con cerveza los nueve aventureros que en un rato nos embarcaríamos hacia Senegal, haciendo noche en Gambia. Las primeras risas no tardarían en llegar, como tampoco la búsqueda de puertas de embarque, horarios y transportes internos que nos llevarían al primer avión con destino a Casablanca. Ese trámite fue sencillo y no muy costoso en tiempo: llegar a Casablanca a la misma hora que habíamos salido es de esas magias viajeras que me rompen la cabeza.
En la puerta A03 tuvimos tiempo de ir conociéndonos un poco más. Conversaciones entrelazadas saliendo de gesticulantes cuerpos y miradas de ilusión dieron paso, tras aproximadamente una hora, al siguiente vuelo, esta vez sí, con destino final por hoy: Banjul.



Ya en el avión, el traqueteo, la oscuridad y el sedante que, estoy seguro, inoculan en el habitáculo, me han transportado a una ensoñación que se ha visto perturbada por la pregunta "Chicken or fish?", a la cual he respondido "Chicken" casi por inercia y con un ojo cerrado aún. Y como parece que he acertado la respuesta, me he ganado una bandeja con productos variados como pan, queso de untar, té, una tarta tatín y el plato estrella: un tajín de pollo que sabía jodidamente árabe. Y es que pongo énfasis porque estaba realmente rico, con esas especias infinitas que le dicen a tu boca: "Al fin has salido de casa."


El trámite de la llegada a Gambia
, el  básico en cualquier aeropuerto: afloja la mosca, hago que miro tu pasaporte y pa’lante. Nos ha venido a recoger Omar, amigo de la casa a la que vamos, porque ya se sabe que la caza del turista despistado es deporte nacional en cualquier país. Así que cogimos tres taxis y nos alojamos en un Airbnb cercano para poder descansar un ratito los nueve que veníamos. Mañana os cuento más.

Bona nit.

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