La frontera.

Vale, habéis ganado, pequeños seres infernales. No os vale con que para chuparnos la sangre depositéis cierta cantidad de anticoagulante que provoca picazón, sino que lo que en verdad os encanta es matarnos de sueño. Andrés 0 - Mosquito 1. Que yo, de verdad, intento amar a todos los animales, pero es que con vosotros ¡hago una excepción! Dicho esto,


justo me empezaba a quedar dormido, cuando el infinito pitido mosquitero se empezaba a fusionar con los cánticos del Ramadán desde los minaretes cercanos, mucho antes de la salida del sol. Pero debíamos madrugar para emprender nuestro periplo hasta Casamance. Tras un frugal desayuno compuesto de pan, lechuga, pepino, patatas fritas y tortilla, subimos al taxi que nos llevaría a la frontera con Senegal. El polvo húmedo de la carretera, junto con el humo de madera quemada, despierta un petricor particular que transporta a otro mundo. O mejor dicho, sólo es necesario mirar alrededor para darse cuenta de que es otro mundo. Dejando kilómetros y más baches que kilómetros atrás, llegamos a la frontera con Senegal. Bajamos todos, que veníamos en tres coches diferentes, con idea de reunirnos de nuevo un poco más adelante y seguir el trecho hasta Diakene Ouoloff en un único coche. Pero, ¡por supuesto!, no sería tan sencillo cruzar la frontera. Entregamos pasaportes y aparece un señor en chanclas que nos enseña un carné: hemos de presuponer que es algo así como un control de aduanas y que quieren registrar las maletas.

Nos dirigimos en tropel hacia un habitáculo donde visualmente nos da la bienvenida un preso en el calabozo agarrado a los barrotes. Un zagal con cara de bueno... ¿Qué habrá hecho? Yo decido pensar que es atrezzo, porque el paripé de abrirnos todas las maletas y hacernos perder tiempo mientras te dicen por lo bajini en un inglés chapurreado "Dame cincuenta euros y pasas", es de risa, aunque asusta un poco. La verdad es que mi mochila de dos litros del Decathlon no les dio mucho juego y fui el primero en salir. Son todo ventajas ir ligero de equipaje. Espero a que el resto vaya saliendo a cuentagotas y con todas las mochilas patas arriba. Menos mal que tenemos a Omar para todo este trámite de cruzar la frontera. Sin nadie local de apoyo, estas situaciones pueden resultar desesperantes. Subimos todas las maletas al techo de un 4x4 blanco, y montamos en el coche por la puerta trasera, esquivando la rueda de repuesto. Maite, Abril, Gorka y Lourdes frente a Marta, Mariajo, Yerai y un servidor.

Vero va delante. Avanzamos poco a poco. Después de aplaudir por habernos creído que ya estaba hecho, nos bajan para presentar de nuevo los pasaportes. Bajamos y subimos no sé cuántas veces, hasta que en una de estas, como Abril lleva pasaporte mexicano y los convenios de cada país son un mundo, nos retienen y nos quieren hacer volver a Gambia, a Banjul, para que vaya a la embajada a... Total: hora y media de negociaciones y noventa euros más tarde, nos dejan pasar y volvemos al 4x4 blanco que, tras cinco horas de carreteras, baches y adrenalina nos deja en Casamance, donde nos recibe Mariana, creadora de este oasis en medio de Diakene Ouoloff. Poco después, llega el momento de las presentaciones con los que ya están en la casa: Luca y Malick (los nenes de Mariana), Boy, Amadou y Mariona, una nueva compi de aventuras que, aunque es de Barcelona, está viviendo en Dakar. Comemos todos juntos un arroz con verduras que nos ha preparado N'deye, la maravillosa cocinera del Centro.

Como tuvimos ese percance en la frontera, vamos algo tarde al paseo en barco por los manglares. La marea está baja, y para alcanzar el barco es necesario caminar sobre un lodo que me cubre hasta la ingle. Llámame raro, pero esa sensación de lodo pantanoso me transporta al Gabriel y Galan, embalse de Extremadura por cuyas orillas he caminado tanto. Me resulta tan agradable, que soy el primero en llegar al barco y cojo posición en la puntita de delante. Como algún patrón de barco lea por casualidad esto de "puntita de delante del barco", se arranca los ojos. ¿Verdad, Yeray? Ya me meterás la bronca luego, compi de habitación.

Pero es que ahora no tengo ni idea de si es proa, babor o popa. Cruzar los manglares del río Casamance, incluso el grito de "¡Un cocodrilo!", el cual confieso que no he logrado ver, ha sido toda una experiencia. Pero lo mejor estaba por llegar. Resulta que mis lemures favoritos de las ruinas de Gangs of Lemur (a media tarde en La 2, os lo recomiendo) comen manzana de anacardo.

Y cuál ha sido mi sorpresa, cuando en el camino de vuelta a pie por los manglares nos han enseñado a cogerlo directamente del árbol y a cocinarlo. Y sí, los he comido directamente del fuego. Qué ricos y cómo entiendo ahora su precio. ¡Qué locura!

El día ha sido ajetreado y poco después, tras una ducha rápida en la cabaña, una crema de calabaza y berenjena frita compartida (la cena, no la ducha) me han dejado preparado para ir sucumbiendo al agotamiento, meterme a la cabaña, y tumbarme bajo la mosquitera hasta que el sueño me ha atrapado.

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