Universos paralelos
Me despierto, como viene siendo habitual, antes de que el desayuno amanezca. Hoy, decido con Yeray darnos una vuelta matutina por el pueblo. Caminamos y caminamos y por la cantidad de crios con mochila que nos adelanta a gritos de Kasumay, podemos intuir que estamos yendo hacia el cole. Tiembla Sherlock. En ese pequeño trayecto, le cuento a Yeray una parte importante de mi vida. Esas partes que te hacen ser y estar aquí ahora. O más bien por qué soy asi y estoy aquí ahora. No hay juicio por su parte, tan solo comprensión. Y es que en estos días aquí en Senegal, no sé si por la magia del lugar o el maldito curso de Gorka, pero nos hemos arrancado la piel y mostrado las entrañas ante unos auténticos desconocidos, que en lugar de echar sal, ha sabido lamerlas y abrazarlas. Y así, sí, es cuando se planta la semilla de una verdadera amistad.
Hemos subido a la furgoneta después de desayunar. Nos llevará a la playa de Bocoutte, un poco al norte de Cap Skirring. Antes, paramos en medio de un bosque donde aparece tras una valla de cañas un personaje chapurreando bien español y fumando un cigarro nos advierte: - "Cuidado con el fuego." Y en esto que agarra un puñado de una especie de algodón volador que inunda el lugar, pide un mechero, le prende fuego y en una combustión explosiva desaparece en su mano. El típico truco del mago. Es Valere, el guia del musee kadioute que nos explica con todo tipo de detalles las costumbres, herramientas y peculiaridades de la etnia. ¿Que quién sube a por cocos con una cinta de palmera como seguridad? Yo mismo. ¿Que quién toca el cuerno de guerra? Trae p'acá. Si es que no puedo ser más sinvergüenza y con ganas de aprenderlo todo y no me va a dar tiempo, joder.
Llegamos a la playa de Boucotte, un reducto de paz natural donde me perdí un rato a solas. Verdes palmerales acariciando el amarillo arenal custodiado por perros y vacas que me miran por encima del hombro cuando paso a su lado. Algunos pescadores filtran sus nansas en la orilla esperando recompensa. Recupero al grupo, reunido ya bajo las palmeras escuchando la clase de Gorka. Toca comer, pero antes, acepto la propuesta de Mariajo de recoger una tortuga gigante muerta para que Mexan use el caparazón para sus cositas de fetichero. Propuesta fallida: el cadaver en descomposición de la tortuga es excesivamente fétido. Aun así, no nos quita el hambre y volvemos al campamento base. Un restaurante a pie de playa donde nos agasajan con ensalada de cangrejo, pescado y unas patatas fritas de las que hablamos maravillas. La tonta y absurda costumbre de comer las patatas fritas precortadas y precocinadas. Somos gilipollas. Magdalena caliente con helado helado, contrastes. Como todo aquí. Café, sobremesa y paseo por la orilla hasta Cap Skirring. - "Oye Olivia, vamos a llevarnos la playa en nuestra mano." le dije. Y eso hicimos. Y eso haremos. Le ayudo a recoger lo necesario, me ayuda a recoger lo que más le gusta. Que pequeña gran personita esta Olivia. Me imagino las aventuras que les contará a sus compañeros de clase. Me imagino que se acordará de mi cuando mire la playita en su estantería. Mucho imaginar es eso, pero me emociona pensarlo así.
Bienvenidos a Cap Skirring nos gritan las cientos de gaviotas, barcos de pescadores y vendedoras ambulantes, a quien compro por 300 cefas una bolsita de caramelo de coco y jengibre que no tardo en repartir y meterme en la boca. Hostia puta, como pica. Pero me gusta. Y creo que gracias al caramelo, me he librado del hedor repugnante de los putrefactos restos de pescado mientras cruzabamos la especie de puerto pesquero para llegar al pueblo. Una especie de Salou africana, tiendas de souvenirs, ropa, comidas y todo tipo de cachivaches que quieras. Quiero una máscara. Mercado de artesanías, ahí voy. Ésta mascara quiero. ¿Cómo? ¿50.000? Mira. Te doy todo mi dinero. Absolutamente todo. Vacío bolsillos, me registra la riñonera. No tengo mas que 20.500 cefas y dos euros. Todo para ti, mi amol. Consigo una mascara tallada en madera de teka, brillante dorado en cara y barbas verdes. Cuernos, también. Salgo contento con mi cara en la mano y sin un puto duro. Así que pregunto por un ATM y allí que me dirijo. Me encanta que el simple hecho de ir sacar pasta de un cajero sea una aventura.
Esta noche, crema de calabaza y espaguetis con tomate y verduras. Voy a ducharme para no ofender a Odies, que hoy viene a contarnos cuentos Diola alrededor de la hoguera. Solo durante un rato les suplantamos el sitio a los jóvenes del pueblo que quedan cada noche aquí a charlar, mirar sus moviles y tablets y pasar el rato entre colegas. Cuando Odies termina de hablarnos de hienas y perros y monos y camaleones y de los huevazos hinchados como campanas de catedral de Kotumpen, nos juntamos para leernos los textos de hoy. De nuevo emociones contenidas, risas y lagrimas y si nos vieran desde fuera, bien de prozac o algún psicofármaco nos enchufaban seguro, dan paso a un ¿vamos a ver el plancton fluorescente? Mis ojos se dilatan y mi corazón palpita como una patata frita. (Gorka, esa pa'tí.) Bajamos al río custodiados por constelaciones infinitas, cuando de repente al mover el agua con un palo, me convierto en un dios todopoderoso que crea constelaciones. Pequeños destellos dorados que rebotan y brillan con cierta sutileza imperceptible por las cámaras. ¿Y si nos bañamos? Fuera ropa y unos pocos entramos al agua. Arriba, el universo, abajo, el universo. Floto en un mar de estrellas danzantes a mi alrededor. En cada brazada, en cada movimiento de mi cuerpo me rodea una nueva, diminuta y fútil galaxia que me mece a su antojo. Salimos lentamente y nos alejamos del agua con la mirada aun posada en el cielo nocturno. Volvemos al Centro y nos reunimos alrededor de la mesa. El pueblo duerme.